Gênero: male
Vacaciones de Verano: El semental que se cogió a todas las mujeres de la casa-1

Álvaro Sánchez Díaz llegó a la casa grande de su abuela en San Esteban de la Sierra el 1 de julio de 1998 con una maleta vieja y una erección que no se le bajaba nunca. A sus diecisiete años recién cumplidos, era alto, moreno, con hombros anchos de nadador juvenil y una sonrisa que engañaba a cualquiera en Madrid. Pero aquí, en este pueblo perdido de la sierra salmantina, no tenía que fingir ser el buen estudiante.
La casa era enorme, de piedra fría, con patios llenos de enredaderas y un olor constante a leña y hierbas secas. Su abuela Carmen, viuda de setenta y dos años, lo recibió con besos secos y un “no hagas ruido que los mayores descansamos”. Su prima Clara, de doce años, lo miró con ojos enormes y le dijo “¡primo guapo!” mientras le enseñaba el huerto y los gallineros. Álvaro le revolvió el pelo y pensó que era una niña tonta, nada más.
La primera en llamar su atención fue Marisol, la muchacha de servicio de treinta y cuatro años. Caderas anchas como cántaros, tetas grandes que se movían bajo la bata floreada, culo redondo que se marcaba cuando fregaba de rodillas. Álvaro la pilló la segunda noche en el pasillo del servicio: Marisol salía del cuarto del tío abuelo Paco con el pelo revuelto y la bata desabrochada. Cinco minutos después entró al cuarto del primo Luis. Álvaro se acercó a la puerta entreabierta y vio cómo la mujer se arrodillaba, se bajaba las bragas y dejaba que Luis la penetrara por detrás mientras se tapaba la boca para no gemir fuerte. El colchón viejo crujía como loco. Álvaro se masturbó ahí mismo, en las sombras, corriéndose en el piso mientras veía cómo Marisol recibía el semen del primo en la boca y luego lo tragaba sin pestañear.
Al día siguiente intentó tocarla en la cocina. La agarró por la cintura, le metió la mano debajo de la falda y le apretó el coño por encima de las bragas. Marisol le dio una cachetada que le hizo ver estrellas. “Todavía no tienes edad, pequeño cerdo. Cuando seas hombre y tengas plata, a lo mejor te dejo meterla… si pagas el doble”. Álvaro se fue rojo de rabia y vergüenza.
Luego vino el intento con la tía Rocío. Veintinueve años, viuda desde hacía ocho meses, cuerpo de diosa campesina: tetas altas y firmes, cintura estrecha, culo perfecto, pelo negro largo hasta la mitad de la espalda. Álvaro la arrinconó en el lavadero mientras lavaba ropa. Le levantó la falda, le bajó las bragas y le metió dos dedos de golpe. Rocío se puso blanca, gritó bajito y lo empujó con toda su fuerza. “¡Estás loco! ¡Soy tu tía!”. Corrió llorando al comedor y se lo contó todo a la abuela Carmen delante de la mesa llena. La abuela obligó a Álvaro a arrodillarse en medio del salón, pedir perdón con las manos juntas y prometer que nunca más. Marisol y Josefa (la cocinera gorda de sesenta y un años) se reían bajito mientras Clara miraba asustada sin entender nada.
Álvaro también vio a dos vecinas del pueblo que venían a veces a ayudar: Antonia, de treinta y ocho años, casada con un carpintero, tetas grandes y caderas anchas, y Pilar, de cuarenta y dos años, viuda con tres hijos, cuerpo todavía firme y culo redondo. Las dos lo miraban con curiosidad cuando pasaba por la calle, pero él solo pensaba en cómo sería follarlas.
Álvaro juró en silencio que se vengaría de todas las mujeres que lo habían humillado.
El 14 de julio la radio anunció la movilización total por el Conflicto de las Cuatro Provincias. En menos de cuarenta y ocho horas todos los hombres del pueblo entre dieciocho y cuarenta y cinco años fueron llamados a Salamanca. El papá de Álvaro, los tíos, los primos, el jardinero Tomás, el herrero, el tendero… todos se fueron.
Solo quedó él. El único hombre adulto en toda la casa y en medio kilómetro a la redonda.