Gênero: male
La Noche del Vestido Azul y el Desconocido que Gritó 'Provecho' en la Playa de Chorrillos
Todo empezó una noche de discusión tonta en nuestra casa en Lima. Era junio de 2023, el aire estaba pesado y ninguno de los dos quería seguir peleando por nada. Mi esposa Valeria, de 26 años, me miró con esos ojos grandes y me dijo: “Vámonos a la playa a calmarnos”. Yo, con 32 años, agarré las llaves del auto y salimos sin pensarlo mucho.
Valeria es bajita, piel blanquita que brilla bajo la luna, tetas pequeñas pero redonditas con pezones rosados que se ponen duros con solo un roce, y un culito parado y firme que siempre me vuelve loco. Esa noche llevaba un vestido largo azul marino, de tela ligera que se pegaba a su cuerpo con la brisa. Debajo solo tenía un hilo dental negro diminuto que apenas cubría nada. Yo manejaba con una mano en el volante y la otra en su muslo, subiendo poco a poco mientras ella sonreía nerviosa.
Llegamos a la playa de Chorrillos pasadas las 11 de la noche. El lugar estaba casi vacío, solo algunas luces lejanas y el sonido de las olas rompiendo. Nos estacionamos en un rincón oscuro, cerca de las rocas, donde el auto quedaba medio escondido. Empezamos hablando de todo y nada, pero pronto los besos se hicieron intensos. Su lengua jugaba con la mía, sus manos bajaron a mi entrepierna y sintió cómo ya estaba duro.
“Quiero chupártela aquí mismo”, susurró. Se inclinó sobre la consola central, abrió mi cierre y sacó mi verga. La lamió despacio al principio, jugando con la punta, luego se la metió entera hasta la garganta. Yo gemía bajito, acariciándole el pelo mientras ella subía y bajaba con hambre. El vestido se le había subido hasta la cintura, dejando ver ese hilo dental que se perdía entre sus nalgas blancas y redondas.
Justo en ese momento pasó un chico caminando por la playa con una linterna. Se detuvo a unos metros, claramente viéndonos. Yo le susurré: “Quédate ahí, está pasando alguien”. Pensé que se iba a asustar, pero Valeria, con la boca llena, solo gimió más fuerte y siguió chupando. La excitación la tenía descontrolada. “No importa… que mire”, dijo cuando sacó mi polla un segundo para respirar.
Me volví loco. Le levanté el vestido por completo y le bajé el hilo dental hasta los muslos. Su conchita estaba depilada, jugosa, brillando bajo la luz tenue del tablero. Empecé a manosearle las nalgas, abriéndolas para que el chico viera todo. Ella se excitó tanto que se levantó el vestido hasta la cintura, se giró y se sentó encima mío, guiando mi verga dentro de su coño mojado. Entró toda de una, caliente y apretada. Comenzó a moverse arriba y abajo con ganas, gimiendo sin control, el auto se mecía con cada embestida.
El chico no se iba. Se quedó mirando desde unos metros, con la linterna apuntando directo. Yo sentía rabia y morbo al mismo tiempo. Valeria se dio cuenta y se excitó más. “Mira cómo me follo a mi marido…”, susurró entre gemidos. Aproveché el momento, bajé la parte de arriba del vestido y dejé sus tetitas al aire. Sus pezones estaban duros como piedras. Los chupé fuerte mientras ella aceleraba el ritmo. El chico gritó desde afuera: “¡Provecho! ¡Sigan así, qué rico!”
Me dio cólera pensar que mi mujer se iba a detener por vergüenza, pero al contrario: se excitó tanto que empezó a moverse más rápido, más profundo. El sonido de su culo chocando contra mis piernas llenaba el auto. Después de varios minutos intensos, sentí que ella se tensaba, su coño se apretaba alrededor de mi verga y se vino fuerte, gimiendo mi nombre. Yo no aguanté más y me corrí dentro de ella, llenándola con chorros calientes.
Se quedó quieta unos segundos, abrazándome, respirando agitada, con mi semen empezando a escurrir por sus muslos. Luego se movió al asiento del copiloto, abrió las piernas bien anchas hacia la ventana y me mostró todo: su conchita roja e hinchada, la leche blanca goteando lentamente hacia afuera. El chico, todavía escondido entre las sombras, pudo ver perfectamente el espectáculo. Ella sonrió con picardía y dijo: “Que mire… que vea lo que mi marido me hace”.
Encendí el auto, las luces iluminaron un segundo su cuerpo expuesto. Arrancé y nos fuimos riendo como locos, con el corazón a mil. Esa noche en Chorrillos cambió todo. Desde entonces, cada vez que salimos solos, buscamos lugares así: oscuros, peligrosos, donde alguien pueda vernos. Y siempre recordamos esa primera vez, con el vestido azul largo, el hilo dental negro y el desconocido que gritó “provecho”.
Fue una noche loca, prohibida y perfecta. Y sabemos que no será la última.