Gender: female
¡Por qué la zanahoria insertada en el coño... mi hermano la come con gusto!

¡Hola, mis amores! Soy Diana Rius, y esta es una de mis historias más sucias y reales que os he contado nunca. Tenía solo 18 años, vivía en un piso normal de las afueras de Madrid con mi familia, y mi hermano pequeño Raúl era el típico chaval de 15 años que volvía del fútbol todo sudado y con esa carita de inocente que me ponía mala de deseo.
Todo empezó cuando mi cuerpo se volvió loco: cada día sentía un picor brutal entre las piernas, una calentura que no me dejaba dormir. Se lo conté a mi amiga Marta en el insti y me dijo lo obvio:
—Tía, mastúrbate y listo.
No sabía ni cómo empezar, así que me llevó al baño del centro comercial después de clase. Cerró la puerta, me besó suave y metió la mano bajo mi falda. Me frotó el clítoris en círculos lentos hasta que me corrí temblando en menos de diez minutos, empapando sus dedos. Salí de allí con las piernas flojas y esa noche, en mi baño, lo repetí sola: un dedo, dos, tres… y sin darme cuenta pensé en Raúl. En su polla imaginaria dentro de mí. Me corrí tan fuerte que casi me caigo del váter.
La cosa escaló rápido. Ya no me bastaban los dedos. Marta me recomendó una zanahoria de la cocina. La cogí, me encerré en el baño, me la metí despacio hasta el fondo pensando en mi hermano… y la saqué chorreando. La dejé en la mesa de la cocina como si nada. Raúl llegó, la vio, le dio un mordisco y dijo:
—Joder, qué rica está esta zanahoria… sabe diferente, como a miel.
Yo lo miré desde la puerta sonriendo por dentro: acababa de estar metida en mi coño y ahora se la estaba comiendo él. Se convirtió en vicio: yo me masturbaba con la zanahoria pensando en él, la dejaba en la mesa y Raúl se la comía sin saber que era mi jugo lo que le daba ese sabor tan “especial”.
El deseo me comía viva. Quería sentirlo de verdad. Una tarde fingí dormir en mi cama: falda subida hasta la cintura, piernas abiertas, coño depilado a la vista. Raúl entró buscando algo y se quedó paralizado. Vi cómo se le ponía dura al instante. Se acercó, se bajó el bóxer y empezó a pajearse mirándome fijamente. De pronto soltó un gemido y… ¡zas! Un chorro caliente de lefa cayó justo sobre mis labios vaginales. Se asustó y salió corriendo. Yo, sin abrir los ojos, me unté su semen con los dedos, me lo llevé a la boca y me lo tragué todo. Salado, espeso… delicioso.
Al día siguiente repetí el truco, pero con zanahoria a medias metida y miel chorreando. Raúl entró, se quedó helado. Fingí seguir dormida y abrí más las piernas. Pasaron segundos eternos… hasta que sentí su dedo rozándome. Luego dos. Y de repente su lengua caliente lamiéndome el clítoris como si fuera un experto. Me estaba devorando el coño. No aguanté más: le tapé la cabeza con la falda y “me desperté”.
—¡Raúl! ¿Qué coño haces ahí abajo?
—Nada, Diana… es que… vi algo dulce…
—¿Dulce? ¿Dónde?
—Ahí… en tu coño… está buenísimo.
—¿Quieres seguir?
—Solo un poquito… porfa.
—Vale… pero dime cómo se llama esto que tienes entre las piernas.
—Mi… polla —susurró rojo.
—Y esto mío, ¿cómo se llama?
—Tu… coño… o tu chocho…
—Bien… pues ahora lame todo lo que quieras, cabrón.
Me abrí de piernas al máximo. Raúl se lanzó como loco: lamió alrededor, metió la lengua dentro, chupó el clítoris hasta hacerme correrme dos veces seguidas. Yo le agarraba la cabeza y le empujaba contra mí, gimiendo bajito.
De repente oímos a mamá:
—¡Raúl! ¡Diana! ¿Dónde estáis?
¡Pánico total! Metí su cabeza debajo de mi falda justo cuando mamá entró en la habitación.
—¿Has visto a tu hermano? —preguntó.
—No, mamá… no ha venido por aquí —dije temblando de placer, porque Raúl seguía lamiendo sin parar debajo de la tela, su lengua metida hasta el fondo.
Mamá se fue extrañada. Saqué a Raúl: su cara estaba empapada de mis jugos, mis labios hinchados y rojos como nunca. Me miró con ojos de puro vicio.
—Hermana… quiero meterla.