Gender: male
Me tiré a mi cuñada toda la noche hasta el amanecer en Carabanchel

¡Hola a todos! Soy Víctor, un tío de 26 años del barrio de Carabanchel, Madrid, y esta es mi historia real, la primera que cuento. La protagonista es mi cuñada Paula, la mujer de mi hermano mayor Miguel. Tienen 3 años casados y nada de niños. Yo sé por qué: Miguel fuma un paquete al día, bebe cervezas como si no hubiera mañana y curra en una fábrica de Getafe que lo deja reventado. Eso le ha jodido la fertilidad, pero él no lo admite.
Al principio no sentía nada por Paula. Es una preciosidad: 25 años, morena con ojos verdes, tetas 95C que se le salen de las camisetas, culo perfecto y piernas interminables. Como Miguel salía pronto al curro, yo la ayudaba con todo: compras en el Mercadona, llevarla al súper, arreglar el grifo... Poco a poco empecé a mirarla con otros ojos.
Un día la llevé a un centro comercial en Alcorcón a comprar lencería. La dependienta pensó que era su marido y me dijo: “¿Qué talla gasta su señora?”. Paula se partía de risa y me miró picarona. Yo me puse colorado porque no sabía su medida exacta. La chica bromeó: “¿No conoce el cuerpo de su mujer?”. Paula me guiñó: “Dile tú, Víctor, que me ves todos los días”. Salimos con tangas sexys y sujetadores de encaje.
Esa noche no pegué ojo. Al día siguiente Paula entró en mi cuarto y me soltó: “¿Por qué estás tan raro desde lo de la tienda? ¿Te molestó que te tomaran por mi marido?”. Sin pensarlo, le dije: “No, Paula... es que desde que vi esos sujetadores, solo pienso en tus tetas. Quiero verlas de verdad”. Esperaba un grito, pero sonrió, cerró la puerta con llave y murmuró: “¿Tanto tiempo para pedírmelo?”.
Se bajó la cremallera del pijama, dejó caer la parte de arriba y sacó esas tetas increíbles, firmes, pezones rosados y duros. “Tócalas”, dijo. Las cogí con las manos, suaves y calientes, las masajeé despacio. Ella cerró los ojos y suspiró. No aguanté: acerqué la boca y chupé un pezón, lamiendo en círculos, mordisqueando suave. Cambié al otro, succionando fuerte. “¡Joder, Víctor, qué bien lo haces!”, gemía. Le dije: “No sale leche...”. Rió: “Sigue chupando y saldrá...”.
Al rato me paró: “Esto es solo el aperitivo. Esta noche, cuando Miguel coja el turno de noche, ven al patio trasero. Hay un rincón con árboles donde nadie nos ve”. A las 10 me mandó WhatsApp: “Ven ya, estoy empapada”.
Corrí. Paula esperaba con un vestido corto negro, maquillada, oliendo a vainilla. “Sin preliminares”, dijo, y se quitó todo. La desnudé yo: besé su cuello, tetas, vientre, muslos. Lamí su coño depilado, labios hinchados y jugosos. Metí la lengua hondo, jugué con el clítoris, succioné hasta que se corrió temblando, inundándome la boca.
“Al dormitorio”, susurró. Subimos a su cama matrimonial. Le abrí las piernas y le comí el coño media hora: lengua profunda, dedos en el punto G, ella gritando bajito: “¡Fóllame ya, cuñado! ¡Dame tu polla!”. Saqué mi verga dura, la puse en su entrada y empujé. Entró suave, su coño caliente y apretado me envolvió como un guante. Embestí lento, sintiendo cada centímetro, luego fuerte, profundo. Cambiamos: ella encima cabalgándome salvaje, tetas rebotando; a cuatro patas, agarrándole el culo mientras la penetraba; misionero, besándonos mientras la follaba sin parar.
Hicimos cinco rondas esa noche. Cada vez me corría dentro, llenándola de semen caliente. Descansábamos, fumábamos (yo no fumo, pero esa noche sí), y vuelta al lío. Hasta las 3 de la mañana no paramos. “Eres mil veces mejor que Miguel”, jadeaba.
Desde entonces follamos siempre que podíamos: mañanas, tardes en el sofá, noches enteras. Tres meses después Paula se quedó embarazada... mío, claro. Miguel se volvió loco de alegría, creyendo que “por fin había funcionado”. Nosotros nos mirábamos con complicidad secreta.
Durante el embarazo seguimos: sexo oral, ella encima suave, yo lamiéndole el coño hinchado lleno de hormonas. Nació un niño precioso, moreno como yo, con mis ojos. Miguel lo crió como suyo, orgulloso.
Dos meses después del parto, Paula volvió a casa. El primer día que Miguel salió, me llamó: “Ven, el crío duerme”. Entré, la besé, le quité la bata. Sus tetas estaban llenas de leche. “Chúpalas para ti”, dijo. Me puse a mamar como loco, tragando leche dulce mientras ella gemía. Luego la follé despacio en la cama, corriéndome dentro otra vez.
Nuestra vida sexual sigue ardiendo: Miguel con turnos largos, nosotros aprovechando cada hueco. El niño crece sano y feliz, Miguel no sospecha nada, y Paula es mi amante eterna, mi cuñada-esposa secreta. Seguimos follando toda la noche cuando podemos, hasta el amanecer. Esta historia es real al 100%, y no para aquí... sigue cada día.
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