Gender: male
Me follé el culo de mi tía Carmen toda la noche hasta el amanecer

¡Hola a todos los amigos del foro! Soy Diego, tengo 33 años, vivo en el pueblo de Carmona, cerca de Sevilla, y todavía no me he casado. Tengo un hambre sexual que no se me pasa con la edad. Esta historia es real, cien por cien, y trata de cómo me tiré a mi tía Carmen, la viuda de mi tío mayor. Vamos al grano.
Carmen tiene 40 años, es un poco rellenita, de esas mujeres andaluzas con cuerpo de campo: caderas anchas, tetas grandes y pesadas que se mueven al andar, y sobre todo… un culo enorme, redondo y firme que tiembla cuando camina. Aunque ya ha cumplido los cuarenta, parece más joven. Su marido murió hace cinco años. Tiene dos niños que van al colegio del pueblo. Ella trabaja en los olivares propios que tiene, recogiendo aceitunas y cuidando la finca. Yo tengo una pequeña panadería en el centro del pueblo donde hago pan y churros. Vivimos a dos casas de distancia, así que nos vemos todos los días.
Empezó una tarde de lluvia fuerte. Carmen llegó con un paraguas roto y un camisón fino de algodón pegado al cuerpo. No llevaba sujetador; sus tetas grandes colgaban pesadas, los pezones marcándose claritos. Me puse duro al instante. Me metí la mano en el bolsillo para disimular mientras le pesaba la harina. Al girarse para irse, vi ese culazo moviéndose arriba y abajo. Nada más cerrar la puerta, me fui al baño y me pajee pensando en ella, imaginando cómo sería clavársela por detrás.
Pasaron los días. Los niños tenían vacaciones escolares y ella dejó de venir tanto. Un jueves decidí ir al mercado de Sevilla en mi moto. De repente la vi caminando por la carretera. Frené a su lado: “¿Dónde vas, tía Carmen?”. “Al mercado, hijo”. “Sube, te llevo”. Se sentó detrás, pegada a mí. Su enorme culo presionaba contra mi espalda y mi polla se puso como una piedra. Durante el viaje hablamos de todo: de lo sola que se sentía desde que enviudó, de lo duro que es criar sola. Yo le decía palabras de consuelo, pero solo pensaba en follármela.
En el mercado compré un montón de calabacines largos y gruesos. Ella los miró y se rio con picardía: “¿Tantos para uno solo, Diego?”. Me guiñó el ojo. Volvimos juntos. Al llegar a su casa me invitó a entrar: “Los niños están en casa de la abuela, ven a tomar un café”. La casa estaba vacía. Me ofreció café, charlamos un rato y, cuando me iba, me pidió mi número “por si necesita harina urgente”. Se lo di. Esa noche me llegó un wasap suyo: “Mañana necesito harina, ¿puedes traérmela tú?”.
Al día siguiente fui. La casa estaba abierta pero ella no aparecía. La llamé. “Estoy en el campo, ahora voy”. Me senté a esperar. Al rato llegó sudorosa, fue directa al baño exterior (el típico de pueblo con letrina) y se lavó. Yo me asomé sin que me viera. Salió fresca y me dijo: “Quédate un rato, hijo, charlemos”. Llevaba una bata ligera. Yo solo tenía el pantalón corto y la camiseta; debajo nada. Me pidió que le bajara una caja pesada del altillo. Al estirarme se me salió todo. Ella vio mi polla semi-dura y sonrió sin decir nada.
Me fui al baño un momento. Mientras meaba, entró de repente: “¿Tanto tardas?”. Me pilló con la polla en la mano. Me asusté, pero ella cerró la puerta, se quitó la bata y se quedó completamente desnuda. Ese cuerpo maduro, tetas caídas pero enormes, coño con vello recortado y ese culo… ¡Joder! “Ven, que te estaba esperando”, dijo.

Me agarró la polla y empezó a chuparla como una loca. “Qué gruesa la tienes, sobrino…”. La puse contra la mesa, le abrí las nalgas y le comí el coño y el culo durante veinte minutos. Metía la lengua hasta el fondo, la hacía gemir y correrse. Luego la follé por el coño, fuerte, profundo. Estaba muy apretada después de años sin hombre. Se corrió dos veces gritando bajito.
“Ahora quiero que me folles el culo, Diego… toda la noche”. La puse a cuatro patas, escupí en su ano y empujé despacio. Al principio chilló de dolor, pero luego empujaba hacia atrás pidiendo más. Le metí toda la polla en ese culazo enorme. La follé sin parar: lento, rápido, profundo. Cambiamos de postura mil veces. La tenía de lado, de frente con las piernas en mis hombros, de pie contra la pared. Le daba azotes en ese culo que rebotaba. Me corrí dentro tres veces, llenándole el ano de leche caliente. Seguimos hasta las 5 de la mañana. Ella no podía ni caminar, temblaba de placer.
Al amanecer se levantó con dificultad: “Joder, Diego… me has destrozado el culo, pero ha sido la mejor noche de mi vida”. Le dije que esto no acababa aquí. Dos días después se fue a casa de su suegra con los niños, pero me mandó fotos de su culo marcado con mis manos. Cuando volvió, seguimos follando todas las noches que podíamos: en el olivar, en mi panadería después de cerrar, en su cama cuando los niños dormían.
Hoy seguimos igual. Nadie del pueblo sospecha. Los niños me quieren como tío, su suegra piensa que soy un santo ayudándola, y Carmen y yo follamos como locos siempre que hay ocasión.