Gender: male
Le metí la polla a la vecina con fuerza y le destrocé las tetas en cuanto mi mujer se fue.
Joder, soy Juan, 35 tacos, madrileño de pura cepa, criado en el jaleo de Malasaña. Ahora me pudro en una oficina cutre cerca de Sol, entre guiris con mapas y atascos que te exprimen el alma. Mi mujer, Ana, vasca de 34, con ese fuego bilbaíno que me volvió loco al principio. Diez años después, la llama es ceniza: viaja por curro vendiendo software, y esta semana se largó a Barcelona a una convención. Me dejó solo en el piso de Fuencarral, con el patio de tendederos y gatos maullando de fondo.
Estaba hundido en el sofá, birra tibia en mano, zapeando como un pringao, rumiando lo tiesa que está nuestra cama: polvos mecánicos, luces apagadas, como firmar un recibo.
A las diez, timbre. Abrí y ahí estaba ella: María, la colombiana del 5ºB, 28 años, curvas que quitan el hipo. Caderas que se balancean como invitación, tetas que desafían la gravedad, culo redondo que me tiene obsesionado desde el ascensor. Peluquera en Chueca, siempre oliendo a vainilla y coco, como si trajera el Caribe en la piel. Vestido rojo corto, escote que hipnotiza, melena negra cayendo como cascada hasta la cintura.
«Juan, perdona la hora… el grifo de la cocina me está volviendo loca, gotea sin parar. Mi ex era el que arreglaba estas cosas… ¿me echas un cable?», dijo con esa sonrisa ladina y acento bogotano que me calienta la sangre.
«Pasa, claro». Herramientas en mano, entré en su estudio: fotos de playas cartageneras, plantas exuberantes, sofá cama revuelto. Me metí bajo el fregadero, ella agachada a mi lado, pasándome llaves. Su perfume me envolvió como niebla caliente. Sus tetas rozaron mi brazo —«ups, perdón»— y un latigazo me bajó directo a la entrepierna.
Arreglado el desastre, sacó dos Cruzcampo heladas. Nos sentamos, charlamos: Madrid caro, soledad post-ruptura… Le conté que Ana no estaba. Nuestras rodillas se rozaron; ella no se movió. El aire se espesó.
«Sabes que siempre me has parecido un tío tremendo… esa barba descuidada, ojos verdes que clavan…», murmuró, mirándome como si ya me estuviera desnudando.
No sé quién besó primero. Labios contra labios, sabor a cerveza y gloss dulce. Su lengua juguetona invadió mi boca; yo la abracé, sintiendo sus tetas blandas aplastadas contra mi pecho.
«María, estoy casado… esto no…», balbuceé. Me silenció con otro beso profundo: «Solo esta noche, papi. Nadie sabrá. Déjate llevar».
La cargué en brazos —ligera, pero con curvas que pesan en el deseo— y la traje a mi terreno. Portazo. La empotré contra la pared del pasillo. Manos subiendo por sus muslos: sin bragas, coño suave, depilado, ya chorreando. Metí un dedo; ella jadeó «Ay, papi, sí… más…»
Me bajó el chándal, agarró mi polla dura y empezó a pajearme lento, experto. «Qué rica la tienes, Juan… me muero por probarla».
La tiré en el sofá —el mismo de las noches Netflix con Ana—. Le arranqué el vestido. Tetillas oscuras, erectas. Chupé fuerte, mordisqueé, mientras mis dedos bailaban en su clítoris hinchado. Gemía ronca: «¡Cabrón, chúpame más! ¡Me tienes loca!»
Bajé, besos por el vientre, hasta su sexo. Olía a deseo puro. Lamí su clítoris como fruta madura, succioné su jugo dulce y salado. Me agarró el pelo, empujándome: «¡Tu lengua, Dios! ¡No pares!». Se corrió temblando, inundándome la boca.
Me desnudé. Polla tiesa, venosa. La puse de rodillas; me la mamó como diosa: lamió la punta, se la tragó entera, masajeó mis huevos. Ojos arriba, viciosos. Casi exploto.
La giré, la penetré por detrás contra la pared. Apretado, ardiente, como terciopelo caliente. Embestí fuerte, piel contra piel resonando. «¡Dame duro, Juan! ¡Fóllame con esa polla prohibida!»
La alcé, piernas enroscadas en mi cintura, rebotando arriba-abajo. Tetazas saltando; las devoré mientras la clavaba hasta el fondo. Uñas en mi espalda, marcas que esconderé.
Misionero final. Besos profundos, penetración lenta que acelera. Su coño me estrujó cuando se corrió gritando mi nombre: «¡Juan, me corrooo!». Me salí justo a tiempo, corridas calientes salpicando su vientre moreno.
Abrazados, jadeando. «Fue brutal… pero no puede repetirse», dije, culpa arañando. Ella sonrió traviesa: «Ya veremos, vecino guapo».
Se fue, dejándome su aroma en la piel. Al día siguiente Ana llamó; fingí que todo normal. Pero cada cruce en el ascensor con María… mi polla se despierta sola.
Madrid, cabrón, y sus tentaciones que te joden la vida.