Gender: male
Convertí a mi hermana mayor en mi esposa.

Soy Carlos, un madrileño de 24 años, currando en un bar de Malasaña, viviendo aún en casa de mis padres en el barrio de Lavapiés. Mi hermana mayor, Laura, de 29, es una bomba: morena, curvas de infarto, tetas grandes que se marcan en sus blusas ajustadas, culo redondo que mueve al andar por el pasillo. Siempre ha sido la "hermana perfecta", soltera, trabajando de administrativa en una oficina cerca de Atocha, pero desde que volví de la mili, no podía quitarle los ojos de encima. La veía salir del baño con la toalla corta, el pelo mojado pegado a la espalda, y mi polla se ponía como una piedra. Pensaba: "Joder, Laura, eres mi hermana, pero te follaría sin pensarlo".
Todo empezó un verano caluroso. Papás se fueron de vacaciones a Benidorm, dejándonos solos en el piso. La primera noche, cenamos tortilla y vino tinto en el balcón, riéndonos de tonterías. Llevaba un short vaquero corto y una camiseta sin sujetador; se le transparentaban los pezones duros por el fresco. "Carlitos, has crecido mucho, ya no eres el enano de antes", dijo con picardía, rozando mi pierna bajo la mesa. Sentí un calambre. Esa noche no pude dormir, me pajee pensando en ella, imaginando su coño húmedo.
Al día siguiente, la pillé en la cocina preparando café, solo con una camiseta larga que apenas le tapaba el culo. Me acerqué por detrás, la abracé "sin querer", mi polla dura pegada a sus nalgas. "¡Carlos, qué haces!", exclamó, pero no se apartó. Le besé el cuello, oliendo su perfume de vainilla. "Laura, llevo años deseándote. Eres la mujer más sexy que conozco". Ella se giró, ojos brillantes: "Esto está mal, somos hermanos... pero yo también te miro diferente desde hace tiempo". Nos besamos con hambre, lenguas enredadas, manos explorando. Le quité la camiseta: tetas perfectas, pezones oscuros y erectos. Los chupé fuerte, mordisqueando, mientras ella gemía: "Ay, hermanito, no pares... me estás volviendo loca".
La llevé al sofá del salón, el mismo donde veíamos películas de niños. Le bajé las bragas: coño depilado, labios hinchados, ya mojado. Metí dos dedos, sintiendo su calor apretado, mientras lamía su clítoris como un loco. "¡Sí, Carlos, chúpamelo! ¡Me corrooo!", gritó, corriéndose en mi boca, jugos dulces inundándome. Luego me desabrochó el pantalón, sacó mi polla venosa y dura: "Qué grande la tienes, cabrón... siempre la imaginé así". Me la chupó profundo, garganta hasta el fondo, succionando con fuerza, mirando arriba con ojos lujuriosos. Casi me corro, pero la paré.
La puse a cuatro patas en el suelo, culo en pompa. La penetré despacio al principio, sintiendo cada centímetro entrar en su coño caliente y estrecho. "¡Fóllame, hermano! ¡Hazme tuya!", pedía. Aceleré, embistiendo fuerte, mis huevos chocando contra ella, el sonido clap-clap resonando. Le agarré las tetas desde atrás, pellizcando pezones, mientras ella se masturbaba el clítoris. Cambiamos: la monté yo abajo, ella cabalgándome salvaje, tetas rebotando, gritando: "¡Más profundo! ¡Quiero ser tu mujer!". Se corrió otra vez, apretándome la polla como un puño, y yo no aguanté: me salí y me corrí en su barriga, chorros calientes cubriendo su piel morena.
Desde esa noche, follamos todos los días. En la ducha, contra la pared de la cocina, en mi cama... le comía el coño cada mañana, ella me la mamaba antes de ir al curro. Hablábamos de futuro: "Quiero que seas mi esposa, Laura, aunque sea en secreto". Un día, en la cama después de un polvo brutal, le puse un anillo barato que compré en el Rastro: "Cásate conmigo, hermana. Seremos marido y mujer para siempre". Ella lloró de emoción y placer: "Sí, Carlos... soy tuya eternamente".
Ahora vivimos como pareja oculta. Padres no saben nada, pero en casa, cada noche, la hago mía: la follo en todas las posturas, la lleno de semen, la llamo "mi esposa". Madrid nos guarda el secreto, pero nuestro amor prohibido arde más que nunca. Joder, hice de mi hermana mi esposa... y no me arrepiento de nada.