Dec 27, 2025

Gender: female

El vecino de arriba y yo una noche que mi marido no supo nada

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Me llamo Valeria, tengo 34 años, estoy casada hace 10 años con Diego, tenemos dos hijos pequeños. Vivimos en un departamento bonito en Providencia, Santiago. Todo parecía perfecto por fuera: trabajo estable, familia, cenas en familia. Pero en la cama… nada. Diego llegaba cansado, me daba un beso y se dormía. Yo fingía que no me importaba, pero por dentro ardía de deseo.

Todo empezó un viernes por la noche. Diego salió con amigos a ver fútbol. Yo me quedé sola con los niños ya dormidos. Decidí darme un baño largo, me puse la bata de seda negra que nunca usaba, me perfumé. Estaba mirando Netflix cuando sonó el timbre. Pensé que era Diego que olvidó las llaves.

Abrí la puerta y era Matías, el vecino del piso de arriba. 29 años, alto, moreno, cuerpo marcado de gimnasio, siempre con una sonrisa peligrosa. “Buenas noches, Valeria… perdón, se me cayó una caja de herramientas en el balcón y bajó a tu terraza. ¿Puedo pasar a buscarla?”

Lo dejé entrar. Mientras buscaba la caja, me di cuenta de que me miraba fijamente. “Estás hermosa esta noche”, dijo de repente, acercándose. Yo me sonrojé. “Gracias… pero mi marido está por llegar.” Él sonrió: “No veo a nadie aquí.”

No sé qué me pasó. Me besó de golpe, con fuerza, lengua invadiendo mi boca. Intenté empujarlo, pero mi cuerpo traicionó. Sus manos bajaron por mi bata, la abrieron. Mis pechos quedaron al aire. “Qué tetas tan ricas…”, murmuró, chupando un pezón con hambre. Gemí sin poder evitarlo: “No… por favor… no podemos…”

Pero él no paró. Me levantó contra la pared de la cocina, me arrancó las bragas. Dedos gruesos entraron en mi coño ya empapado. “Estás chorreando, puta… querías esto desde hace rato.” Metió tres dedos, moviéndolos rápido, frotando mi clítoris. Yo gritaba bajito: “Ayyy… Matías… no pares… fóllame…”

Me bajó al suelo, me puso de rodillas. Sacó la verga: gruesa, venosa, cabeza brillante. “Chúpala, Valeria.” La metí en la boca, salivando, tragando hasta la garganta. Él agarró mi pelo y folló mi boca como si fuera un coño. “Así, tragona… toma toda la polla.”

Me levantó, me sentó en la mesa de la cocina, abrió mis piernas. Metió la verga de un solo empujón. “¡Ayyy Dios… qué rico… me estás partiendo!” Empezó a bombear fuerte, profundo, golpeando el fondo. Cada embestida me hacía gritar: “Más… más fuerte… rómpeme el coño, Matías!”

Cambiamos de posición: me puso de cuatro sobre la mesa, me dio nalgadas hasta dejarlas rojas. “Toma, zorra casada… esto es lo que te falta en casa.” Metió un dedo en mi culo mientras follaba el coño. Yo gemía como loca: “Sí… mételo todo… soy tu puta ahora!”

Se vino dentro, llenándome de leche caliente. Yo gozé al mismo tiempo, temblando, apretando su verga con el coño. Se salió, la leche escurriendo por mis muslos.

Diego llegó media hora después. Yo ya estaba vestida, como si nada. Pero desde esa noche, Matías sube cuando quiere. A veces en la mañana antes de que Diego se vaya al trabajo, a veces de noche cuando él duerme. Mi coño ya no es solo de mi marido. Es de Matías. Y yo… ya no quiero que pare.

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Published on Dec 27, 2025

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