Gender: male
Vacaciones de Verano: El semental que se cogió a todas las mujeres de la casa-2

La primera noche sin hombres Álvaro entró al cuarto de Marisol sin llamar. Ella estaba en camisón, leyendo un tebeo viejo con una vela. Él cerró la puerta con llave, apagó la vela y la tiró sobre la cama. Marisol intentó gritar, pero Álvaro le tapó la boca con una mano y con la otra le arrancó las bragas. La penetró por el coño con violencia, sin preliminares, embistiéndola tan fuerte que la cama golpeaba la pared. Marisol lloraba y pataleaba, pero él era mucho más fuerte. Cuando terminó adentro, le dijo al oído: “Ahora eres mía. Si cuentas algo, le digo a la abuela que te acostabas con toda la familia por plata y te echan a la calle con tu mamá enferma”. Marisol asintió temblando.
A partir de esa noche la follaba todos los días. En la cocina mientras fregaba, en el patio trasero contra la pared, en el gallinero entre las gallinas. Una tarde la puso a cuatro patas en el pajar y la penetró por el culo sin lubricante. Marisol gritó de dolor. Álvaro empujó más fuerte, agarrándola por las caderas. Se oyó un crujido seco, como madera rota. Marisol se desplomó gritando: se le había fracturado la cadera por la postura y la brutalidad. Álvaro no paró. Siguió embistiéndola hasta correrse dentro del culo roto. La dejó tirada en el heno llorando de dolor. Tardó tres semanas en volver a caminar sin muletas. Desde entonces nunca volvió a negarse a nada.
El 20 de julio fue el turno de la tía Rocío. Álvaro entró a su habitación a medianoche. Ella dormía. La despertó tapándole la boca, le arrancó el camisón y la puso boca abajo. Rocío lloraba y suplicaba “por favor, Álvaro, no… soy tu tía…”. Él le escupió en el culo y la penetró por el ano de un solo empujón. Sangró mucho, el colchón se manchó de rojo. Rocío intentó arrastrarse hacia la puerta. Álvaro le dio una cachetada fuerte en la cara que le dejó la mejilla hinchada. Luego le apretó las tetas con saña hasta que aparecieron marcas de dedos moradas. Le dio más palmadas en el culo que dejaron huellas perfectas de sus manos. La folló por el coño, por el culo y por la boca toda la noche. Al final la obligó a beber su orina directamente de la verga. Rocío vomitaba y lloraba. Él la obligó a dormir en su cuarto todas las noches siguientes. Cada día la usaba de todas las formas: la ponía a cuatro patas, la colgaba de las muñecas en el armario, le apretaba las tetas hasta dejarlas amoratadas. Rocío dejó de resistirse a la segunda semana. Solo lloraba en silencio mientras él la destrozaba.
Lucía, la cocinera de veintiséis años, fue la siguiente. Era joven y curvilínea, pelo castaño en moño desordenado, tetas grandes que se movían al amasar y culo firme. Se negó gritando “¡Estás loco, Álvaro! ¡Soy como una hermana mayor para ti!”. Él la tiró sobre la mesa de la cocina después de la cena, le arrancó la falda y las bragas, la penetró por el coño con fuerza mientras ella pataleaba y lloraba. Luego la dio vuelta y la sodomizó durante casi una hora. Lucía gritaba al principio, lágrimas en las mejillas. Pero su cuerpo la traicionó: empezó a gemir, movió las caderas y pidió “más fuerte… más fuerte, pequeño cabrón…”. Se corrió violentamente mientras él la follaba por el culo. Desde entonces se volvió la más sumisa: cocinaba desnuda con delantal, se arrodillaba a chupársela debajo de la mesa y se dejaba usar en cualquier rincón.
Manuela, la mujer del jardinero de cuarenta y cinco años, vivía en la casita del huerto. Álvaro la acorraló una tarde “ayudando con las tomateras”. Ella se resistió arañándole la cara. Él la violó sobre sacos de tierra. Primero lloraba. Luego jadeó, abrió las piernas sola y terminó suplicando más fuerte. Él le rompió el coño con embestidas brutales durante semanas.
Antonia, la vecina de treinta y ocho años, vino a pedir harina una tarde. Álvaro la arrastró al granero y la violó contra el muro. Ella forcejeó al principio, pero terminó gimiendo y pidiendo más.
Pilar, la viuda de cuarenta y dos años, fue la última. Llegó a traer huevos. Álvaro la forzó en la despensa. Ella lloró, pero su cuerpo respondió y pidió que no parara.
Durante esas semanas Álvaro se convirtió en el dueño absoluto. Las mujeres vivían aterrorizadas y sometidas. El poder lo volvía más cruel. Cada noche elegía a una o varias. El verano seguía quemando secretos bajo el sol.